La censura hacia una producción artística produce un señalamiento, establece algo así como una “marca” en la obra; opera como un discurso que “yerra” el material u objeto sobre el que se ejerce. Esa marca aparece con una densidad tal, capaz de calar una especie de huella que será imposible borrar u olvidar. Hacia esa dirección se dirigen los dispositivos mediáticos: visibilizar, gracias a su publicación, difusión y circulación, aquella estampa que será señalada en mayor o menor grado como correlato directo de la profundidad de la yerra (de la censura). La marca a fuego que funciona como marca identificatoria de propiedad en el ganado; aquí, identifica a la obra como un objeto polémico y/o peligroso. El discurso producido por los medios masivos funciona como unas especie de lupa sobre estas marcas identitarias.
Resulta interesante destacar además que, si puede pensarse a la crítica de arte como un discurso que funciona como nexo entre público/obra; entonces podría percibirse al discurso de la censura mediática configurándose como nexo gran público/obra. Es decir, la exposición mediática de cualquier hecho de censura es el vehículo entre aquella producción censurada y su gran masa de lectores. La censura, mediatizada, ubica la mirada de la sociedad sobre la obra polémica; la yerra del discurso de la censura sobre el objeto artístico, aceita mecanismos que operan sobre la mirada cultural. La utilización, por parte de la sociedad, de una especie de “gafas mediáticas” construye a un espectador masivo, que supera ampliamente el público especializado para integrar como destinatario de la obra en cuestión, al gran público.
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